Hoy es Venezuela, ¿mañana quién será?

Sinceramente, cuánto más se lee, escucha y ve sobre la situación que está ocurriendo en Venezuela, más desinformado se está. Esta es causa inequívoca de la mediatización y manipulación de los distintos medios periodísticos y radiofónicos, los cuales se dedican a vender titulares y notas de prensa que evoquen en el lector y oyente un sentimiento de ira, repugna u odio en favor de unos o de otros.

En España, nos venden lo que más vende; no nos venden lo que necesitábamos saber. Mi consejo: que no te den a elegir, que busques información donde parezca que no la hay, que saques tus propias conclusiones. Que ni los buenos son tan buenos, ni los malos tan malos.

Hoy, después de varios meses inmersos en el preludio de una guerra civil en Venezuela, nos ha tocado leer en kioskos y redes sociales que ya hay una centena de víctimas del “bando opositor”, siendo pocas las que se cuentan por parte del que hoy sigue siendo el <<caballo ganador>>, en esta no tan particular guerra por las libertades y derechos democráticos (ante datos certificados y probados, no quito razón al emisor de la información).

Pero si de una cosa me he dado cuenta tiempo atrás en cuanto a los medios de comunicación y en cuanto a sus más fieles inversores (Partido Popular, PSOE y PODEMOS, por exponer los más influyentes) es que venden la información al mejor postor (antes no llegaba a entender muy bien lo que era leer un periódico de izquierdas o de derechas, algunas veces ni veía la diferencia).

Éstos en vez de sacar conclusiones en pro de buscar soluciones para que el problema institucional que sufre Venezuela no pase a un panorama que tanto temor “parece” crearles (y digo parece, porque cuando lees y entiendes entre-líneas te das cuenta que ni por asomo buscan esto), se postulan en favor o en contra de unos y otros; enaltecen en cubierto al terrorismo, apoyan a la política narcotrafiquil y caciquista de Maduro y su herencia Chavista, favorecen a la oposición alentando a una revolución armada vestida del eslogan “Respeto a los procesos democráticos”, y muchas otras barbaries disfrazadas de “periodismo y política de calidad”.

Señores, que hoy día en nuestra sociedad, la información sirva para que nos hagan “ser” de unos o de otros, que nos hagan creer que así es como se debe actuar para paralizar un régimen imperialista o que creamos que mediante golpismos se respetan los DDHH, es sinónimo de que nos están criando en la incultura y la desinformación. Y no digo esto siendo un cínico o un hipócrita, sino por el simple hecho de que con ésta pedagogía nos hacen tratar las cosas con subjetividad, en vez de darles un trato objetivo.

¿Hay que acabar con este tipo de regímenes sectarios dando igual la ideología que defiendan? Por supuesto que si. Pero si se sigue la misma dinámica, todo este embrollo terminará en una auténtica guerra civil, en poco tiempo se proyectarán crímenes de guerra entre uno y otro bando, y los “papeles” de libertades y DDHH, una vez más, serán pisoteados por todos (incluidos nosotros, el pueblo llano).

Al fin y al cabo, son intereses económicos los que mueven a las grandes empresas de información y a los partidos políticos de esta “Democracia”; entidades las cuales terminarán (como en muchas otras situaciones y países) especulando con las futuras compraventas de armas y con el precio del petróleo para así terminar con el conflicto armado, y desprestigiando a la JUSTICIA SOCIAL que merece Venezuela y muchos otros países en situaciones similares.

Por todo esto, siento abstenerme en este juego de postulaciones, pero no podré poner un comentario en una red social diciendo que Maduro es “el malo” por matar para callar (que lo es), ni afirmando que golpistas como Leopoldo López o Ledezma sean víctimas, cuando estarían dispuestos a matar por una idea o rebelión.

A día de hoy, la víctima sigue siendo el pueblo, ese centenar de seres humanos que escuchando a unos y a otros, son utilizados en las calles como cabeza de turco para fines muy diferentes a los que intentan apoyar. Y lo más triste de todo esto, es que con la que está cayendo, los DDHH no dejarán de sangrar.

 

AGR

 

 

Familia, ¿Un medio para vivir o un modo de vida?

Probablemente me habrá llevado mayor tiempo pensar cómo encuadrar un tema de tales dimensiones y enfocarlo a un ámbito concreto, que el simple hecho de redactarlo.

El objeto de este escrito no va dirigido a imponer un pensamiento, documentar al lector ni mucho menos tiene un fin pedagógico bajo el que sostener una teoría. Simplemente, pretende dar una opinión personal (que no personificada) y que busca despertar un sentimiento de crítica libre y respetada.

La generación española de los 90, a mi modo de ver, la generación más maleducada del último siglo. Una generación que se ha visto inmersa en un problema socio-educativo sin precedentes, que la ha diferenciado de las generaciones que abrieron la puerta democrática a España allá por los 70.

A priori debíamos estar preparados para sumarnos al mayor salto evolutivo que jamás ha conocido la historia de la humanidad. Desde que nacimos, hemos vivido en un entorno global donde han confluido avances sociales, económicos, culturales y tecnológicos y, siendo realistas, un panorama que ha luchado por “regalar” a marchas forzadas los derechos y libertades por los cuales tanto se lucharon durante la historia. Pero, muy a mi pesar, carro del cual nos hemos ido bajando poco a poco por culpa del “descoque” y la inmadurez emocional proveniente de la mayor institución educativa que ha existido jamás, la familia. Ni que decir tiene que este patrón es real, que las excepciones existen, pero que los parches aunque sanan, no terminan de curar.

Creo que antes de intentar tomar decisiones de la entidad que tiene el formar una familia, se debe ponderar en qué nivel de madurez nos encontramos al tomar la decisión, no dejándonos guiar por actos que por costumbre social nos fuerzan a tomarla a destiempo.

Y nosotros, la generación de los 90, hemos sido en nuestra gran mayoría el resultado de mezclar dos formas de educar que chocan con la fuerza que lo harían dos trenes yendo el uno contra el otro a la máxima velocidad.

Les guste o no, el síndrome postraumático que han sufrido muchos de los padres de hoy día por el hecho de haberse criado bajo la rectitud y el menosprecio a todo lo que un régimen dictatorial no aceptaba, conectado con el pensamiento progresista y libertario de otros muchos; ha dado como resultado lo que hoy día ejemplifica con más exactitud a la sociedad española:

  • Una juventud con una inseguridad emocional preocupante, con un miedo al desapego familiar y la independencia personal, que ha creado de ello una causa justificable (o no) para que muchos de vosotros debáis sufrir y responder ante ellos por tantos errores que cometisteis en el pasado.

 

  • Una juventud que en el año 2017 se culturiza en la incultura teniendo todas las facilidades para no hacerlo, y que rebaja sus prioridades a los objetivos de vida que por obligación y necesidad tenían que fijarse sus padres en épocas pasadas.

 

  • Un resultado desorbitado de absentismo escolar en distintos niveles educativos, por no haber recibido una educación de calidad no sólo en los centros docentes (que también, de tal palo, tal astilla), sino en sus propias casas, a veces desestructuradas hasta niveles extremos.

Sinceramente, ¿debemos seguir quejándonos del sistema educativo que tenemos actualmente? ¿O realmente debemos pedirles respuestas a quienes de verdad contrajeron la obligación de educarnos en los muchos y tantos valores que un centro docente nunca podría educar?

Con todo y con esto, hago una última pregunta y reflexión: ¿Es realmente la institución de la familia lo que los padres nos han intentado inculcar?

A mi modo de ver, el concepto de familia que surgió persiguiendo que ésta se utilizara como puente para formar nuevas vidas, ha terminado siendo lo contrario, el resultado de vidas truncadas en el pasado.

“A veces es mejor luchar por un sueño de forma incondicional, que pedir apoyo en sueños rotos por los que no quisieron luchar.”

 

AGR

¿Por qué debemos hacer lo correcto?

Hoy en día si tu vecino no te mata por reaccionar ante un acto que muestra un compromiso tanto ético como dual para con el Estado que nos debería representar, termina matándote él mismo.

Vivimos, por no afirmar lo contrario, bajo el manto de un Estado “de derecho y derechos” que ha conseguido que la gran mayoría de este país se termine acostumbrando al fracaso ético-moral y, por supuesto, profesional, que tanta importancia tiene en la racionalidad del ser y su afán de poder cohabitar entre iguales.

Un sistema político ratificado en los despachos y entregado a unos pocos para dominarlo desde el principio y asesinarlo tiempo después, con sus sistemas de partidos y concesiones evocadas a la desigualdad económico-social latente en nuestro país.

Yacemos, desde hace ya cuarenta años bajo un ordenamiento jurídico en el que su norma primigenia fue firmada y ratificada bajo un cartel publicitario cuanto menos incierto.

Y, al fin y al cabo, prefiero pensar que, ningún español (o ser humano) que no quisiese estar hoy día al borde del colapso que sufrimos con nuestra particular guerra civil, se sentirá representado a día de hoy por una anciana que no termina de dejarnos abrir los ojos, ni guardar la memoria histórica en el cajón donde se guardan las historias pasadas y los cambios de página (que no guardarlas en el olvido, eso nunca, todo tiene huella, pero no por ello hay que seguir pisoteándola o seguir viviendo de ella). Lo pasado en el pasado queda, los errores estructurales no pueden cometerse en el presente, al menos no con el choque evolutivo que estamos viviendo en este siglo.

Y yo me pregunto, ¿Para qué negar lo contrario? En casi dos décadas hemos tenido la osadía de desvirtuar el término moralidad a su polo opuesto. ¿Quién no tiene un conocido o ha oído que alguien de su círculo nos defraude a todos los españoles cada vez que le viene en gana?, ¿Y quién ha puesto medios en alguna ocasión a tal problema ejecutando una denuncia social?

Este sistema político basado en el rencor histórico, y la envidia material y meritocrática de unos tantos, nos difumina las dos cuestiones anteriores, “-si mi vecino no declara y no lo cogen, ¿Por qué yo no?”. Es más fácil y egoísta unirse contra el sistema y dejarse llevar por sentimientos tan banales como el “poder ser mejor que alguien”.

Habrá quienes podrán pensar diferente, sea por convicción o por puro interés personal para con un sistema que hace aguas por todas partes, y habrá quienes recriminarán y excusarán muchos de sus más íntimos “cameos” con la ilegalidad engañando a su moral interna.

Pero la realidad latente en España es que en cualquier momento el sistema puede implosionar, y si no ponemos respuesta quienes abogamos por un sistema tolerante y aplicado desde unas bases reestructuradas en su totalidad, la corrupción en su mayor exponente no dejará de crecer.

La Monarquía Parlamentaria o “Sistema democrático de derechos” no existe ni ha existido como tal desde el día de su concepción, somos “el niño maleducado de nuestra generación y no queremos verlo”. Si no le ponemos remedio en el ámbito político, social, educativo y de valores primarios; seguiremos siéndolo hasta el final de nuestros días.

 

Antonio García Ramirez